El sindicalismo en la Tercera Ola

El sindicalismo en la Tercera Ola

ALBERTO HÍJAR*


Incapaces de explicar la historia, los ideólogos de la globalización proyanqui desarrollan metáforas y recurren al rodeo tramposo de las cosas para tratarlas como si fueran un árbol, una máquina de vapor o el proceloso mar. La Tercera Ola resulta así la mágica explicación que Alvin y Heidi Tofler proponen para la actualidad. Dicen que los sindicatos nacieron y crecieron como defensas gremiales durante la Primera Ola de arranque del industrialismo, siguieron y se consolidaron durante la Segunda Ola industrial y deben ajustarse a la inevitable Tercera Ola posindustrial, ahora que vivimos un ineludible gobierno mundial del capital financiero y bursátil.

La Tercera Ola arrastra vestigios de fósiles como la defensa de los derechos colectivos de los trabajadores. Esto se hundirá en la arena de la playa de la posmodernidad ante la necesidad de individualizar las necesidades y los derechos. Cada trabajador es distinto a otro, de modo que hay que dejar atrás toda organización colectiva que tienda a defender derechos comunes y universales. Los sindicatos deben entonces renunciar a la defensa de los derechos colectivos y asegurar la capacitación variada en esta era del conocimiento, donde la Tercera Ola arrasa el pasado colectivista. La comunicación necesaria de esta buena nueva tiene en el internet un recurso maravilloso que deberá ser usado por obreros y patrones y para que los trabajadores soliciten servicios de los colegas para contratarse por tiempo determinado como niñeras, cuidadores de enfermos o jardineros.

Como prueba de su explicación, los Tofler aducen, que en Estados Unidos, la membresía de los sindicatos declinó de 35.1% al 9.4% entre 1955 y 1988. En Europa, afirman, 400 mil miembros han salido de los sindicatos en los últimos años y cinco grandes uniones alemanas han tenido que aliarse para sobrevivir. De datos ciertos, los Tofler derivan conclusiones apresuradas e ignorantes de las causas profundas de estas situaciones, tales como el creciente desempleo, el adelgazamiento de los estados neoliberales y globalizadores, la individualización de los contratos en lugar de los contratos colectivos de trabajo, la concesión privatizadora de servicios tales como la limpieza, el transporte o la cocina. Mágicamente, derivan de estas circunstancias una situación de felicidad de los nuevos trabajadores, lo cual es obvio porque no protestan. Lo cierto es que no protestan porque no tienen cómo.

De aquí que los Tofler recomienden a los trabajadores ser más mercadeables, esto es, desarrollar habilidades que los pongan como mercancía más bien sujeta a la demanda de los grandes consorcios que, por su parte, están dispuestos a individualizar prestaciones como seguros, jubilación o préstamos, bajo el control de los bancos y las aseguradoras, para así dotar a los beneficiarios de un control eficiente de sus fondos, no del todo disponibles, pero sí firmes como capital integrado a los grandes negocios trasnacionales de la Banca.

Alegan los Tofler que de esta manera se atiende a la diversidad. El viejo argumento de las diferencias del individuo contra la organización colectiva y, por supuesto, contra derivaciones socialistas, se hace presente una vez más. Nada se dice al respecto del dominio de las grandes instituciones de poder de la globalización, empeñadas no sólo en borrar la diferencia entre países y regiones, sino en desaparecer toda resistencia colectiva o individual en beneficio del gran mercado y de su mano invisible. Toda individualidad específica, sea nacional o personal, gubernamental o comunitaria, institucional o tradicional, es despreciada así en beneficio de un manejo de la vida como relación entre cosas, cotizaciones, índices, estadísticas. Estos ocultamientos son los que hacen de los Tofler los ideólogos enseñados en las universidades públicas y, sobre todo, privadas, como los grandes pensadores de la actualidad. Las business school y las escuelas de gobierno de los posgrados, reproducen todo esto como doctrina y hasta construyen una ética de liderazgo.

El shok del futuro y la Tercera Ola son las biblias de esas legiones de seres superiores, hombres, sobre todo, dispuestos a despreciar a los trabajadores a cambio de exhibir su arrogancia, su liderazgo, como llaman a la certeza de su superioridad en su muy peculiar manera paternalista de gobernar.

Dice Carlos Fuentes, que el espurio Presidente Busch es un hombre muy tonto, pero eso no explica por qué es Presidente del país más poderoso del planeta y su espacio sideral. Quizá la Tercera Ola es eso: el gobierno mundializado de los tontos y prepotentes, inflamados por ideólogos que no explican nada, sino justifican con analogías falaces la máxima explotación humana en la historia. El resto de la humanidad somos una mayoría de más tontos, que apenas atinamos a gritar contra los toflerianos cada vez que se reúnen a conspirar, como lo harán en un lujosísimo barco frente a Génova, donde quedarán nuestros compañeros en tierra para ser golpeados por las policías y efectuar así el ritual del sacrificio cumplido sin solución aparente.

* Catedrático de la UNAM.

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